

No había
tiempo ni era la ocasión para un debate, así que todos estuvieron de acuerdo en
esperar el momento oportuno para comenzar el ataque. Era urgente que la intrusa
abandonara el bosque para siempre. Pocos días después de la reunión, la suerte
pareció estar de parte de los animales cuando vieron a la bruja no muy lejos de
la cascada. Entonces el puercoespín anunció:
—Vamos,
ahora está en el mejor lugar para el ataque.
Todos los
animales se pusieron en posición. Ya todos sabían qué debían hacer. A la voz de
mando de Pepito, los tabarros iniciaron el ataque lanzándose ruidosamente con
sus zumbidos al tiempo que la picaban con sus aguijones.
—¡Malditos
animales, fuera de mi vista, fuera malditos bicharracos! —gritaba furiosa la
bruja mientras las águilas, incansables, para no darle tiempo a conjurar un
hechizo para defenderse, tiraban entre varias de las trenzas con sus picos
arrastrándola hasta el borde de la cascada. Allí la esperaban las cabras
montesas que con varios topetazos lograron empujarla hasta el borde del
precipicio, donde perdió el equilibrio, cayó al agua y la corriente se la
llevó. Todos los animales gritaron de júbilo entre aplausos y enhorabuenas
entre sí. Después, se retiraron satisfechos a sus nidos y madrigueras, cansados
pero felices. El puercoespín Pepito y el conejo Equino estrecharon sus manos.
—Ya no
hay peligro, amigo, todos unidos hemos vencido a la malvada bruja, ya no nos hará
más daño. Este bosque ya está libre de amenazas, y pronto se repoblará de
árboles.
—Por
supuesto, amigo Pepito —suspiró exhausto el conejo Equino y, feliz, movió con
gracia su bigotito.
—Toni,
este cuento es triste y simpático al mismo tiempo, pero ¿cómo se te ha ocurrido
ponerle al conejo «Equino»? —Bueno,
es fantasía, podía ponerle otro nombre, pero conejo caballo ¡jajaja!
—No te
burles del nombre de pobre conejo y sigue, Toni, quiero que me leas todo lo que
te queda —dijo Paula emocionada.
—Este creo
que te va a gustar mucho.
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